Hubo un tiempo en el que la NASA estaba dominada por hombres. Y si había un arquetipo de hombres, ésos eran los primeros astronautas. Duros, recios y arrogantes, aquellos pilotos de prueba elevados a la categoría de estrellas mediáticas eran la encarnación de la virilidad sobre la Tierra. No, no parecía haber lugar para las mujeres en ese grupo de machos alfa hipercompetitivos. Pero llegó el transbordador espacial y con él la imaginaria 'rutina' de los vuelos espaciales. Para horror de los primeros astronautas, la cúpula de la NASA decidió que el espacio sería ahora un lugar al que viajarían científicos, técnicos y demás 'gente normal'. Y eso incluía a las mujeres, por supuesto.
En enero de 1978 la NASA presentó el octavo grupo de astronautas de la historia de la agencia espacial. 35 nuevos candidatos a astronautas, incluyendo por primera vez a seis mujeres que ocuparían el puesto de especialista de misión. Eso sí, no había ninguna mujer candidata a piloto del transbordador. Al fin y al cabo, las cosas no habían cambiado tanto. Siguiendo una larga tradición militar, los 35 astronautas serían conocidos como TFNG, The Fucking New Guys, aunque obviamente nadie se atrevía a mencionar estas palabras en público. Cuando se preguntaba a los astronautas qué significaban esas siglas, solían responder de forma políticamente correcta que era el acrónimo de Thirty-Five New Guys. Una mentira piadosa como otra cualquiera.
Entre esas candidatas destacó desde un primer momento una delgada física de California llamada Sally Kristen Ride. Sally no era la más fuerte ni la más dura del grupo, pero su mirada era capaz de fulminar a cualquiera de los numerosos machos alfa que aún merodeaban por el cuerpo de astronautas de la NASA. Poco a poco, Sally se ganó el respeto de sus compañeros y a principios de los 80 todos daban por sentado que se convertiría en la segunda mujer en viajar al espacio, siguiendo la estela de la mítica Valentina Tereshkova.
Y sus compañeros acertaron, sólo que sería la tercera, no la segunda. La soviética Svetlana Savitskaya se le adelantó después de que las autoridades de la URSS decidieran neutralizar el posible éxito mediático de la primera mujer astronauta norteamericana. En cualquier caso, puede que nunca sepamos por qué George Abbey -el 'tirano de la NASA'- la seleccionó a ella y no a alguna de sus compañeras para ser la primera estadounidense en órbita. El 18 de junio de 1983 Sally Ride alcanzó el espacio a bordo del transbordador Challenger durante la misión STS-7 y de paso se hizo un hueco en la historia. Sólo tenía 32 años. Repetiría la hazaña un año después, cuando regresó a la órbita baja durante la STS-41G Challenger. En esta misión se convertiría en la primera mujer en operar el brazo robot del shuttle y además ayudó a su compañera Kathryn Sullivan a realizar el primer paseo espacial femenino estadounidense.
Sally no volvería al espacio. El accidente del Challenger de 1986 truncó muchos sueños y carreras, y obligó a muchos astronautas a replantearse su futuro. Nuestra heroína se convertiría en uno de los miembros claves de la Comisión Rogers que investigó las causas del desastre del Challenger, una comisión que destapó numerosos errores y miserias dentro del programa de transbordadores de la NASA. Sally no tuvo empacho alguno en airear los trapos sucios de la agencia espacial, pero su excesiva sinceridad le hizo ganarse un buen número de enemigos entre la burocracia de Houston.
En 1987 dejó la NASA para dedicarse al mundo académico, aunque se mantuvo vinculada de alguna forma u otra a la exploración del espacio y llevó a cabo innumerables iniciativas relacionadas con la divulgación científica, especialmente entre los más jóvenes. En 2009 sería uno de los ponentes más destacados de la Comisión Augustine, reunida con el objetivo de encontrar el rumbo perdido del programa espacial tripulado norteamericano.
Sally nunca estuvo a gusto con eso de ser un personaje famoso. No es que fuera una persona modesta, eso sería faltar a la verdad. Simplemente quería ser reconocida por su trabajo, nada más. Y sin embargo, aunque suene a tópico, inspiró a toda una generación de niñas estadounidenses a interesarse por la ciencia y el espacio. Cuando Sally entró en la NASA el sueño estaba vivo. Imposible era una palabra que no existía en el diccionario. El futuro sería maravilloso y la humanidad conquistaría el espacio en cuestión de años. Evidentemente, entre aquellos 35 TFNG se encontraba el próximo ser humano en pisar la Luna, o incluso el primero en caminar por la superficie de Marte. Treinta años después, una circunspecta Sally Ride se dirigía a la Comisión Augustine para comunicar lo evidente: con el presupuesto actual no se puede llevar a cabo un programa espacial tripulado fuera de la órbita baja. "Nos quedamos en casa, chicos". De repente, el futuro ya no era tan rutilante. Porque Sally siempre fue una tenaz defensora del programa espacial tripulado. En su opinión, el interés del público hacia el espacio nacía de la presencia humana. No puedes sentir empatía hacia una máquina, al menos, no como hacia una persona. Por supuesto, era partidaria de tener un robusto programa científico de naves automáticas, pero pronto se dio cuenta de que a los políticos esas eficientes sondas planetarias y esos maravillosos satélites astronómicos les interesaban aún menos que el programa tripulado, que ya es decir. Sin personas en el espacio, el castillo de arena de la exploración del cosmos puede venirse abajo más fácilmente de lo que la gente cree. Y mucho me temo que el tiempo le está dando la razón.
Como otros muchos soñadores antes que ella, Sally siempre estuvo segura de que el destino de nuestra especie era ir más lejos y más alto, allá donde ningún ser humano hubiese estado antes. Pero a diferencia de la mayoría de soñadores, ella estuvo en el grupo de los que realmente hacen realidad sus sueños. De esos que escriben la historia y nos demuestran a todos que lo imposible es posible.
El pasado 23 de julio, Sally nos dejó para siempre a la edad de 61 años por culpa de un cáncer de páncreas. Gracias por hacernos soñar, Sally.
Sally Ride durante su segunda misión espacial (NASA).
Entre esas candidatas destacó desde un primer momento una delgada física de California llamada Sally Kristen Ride. Sally no era la más fuerte ni la más dura del grupo, pero su mirada era capaz de fulminar a cualquiera de los numerosos machos alfa que aún merodeaban por el cuerpo de astronautas de la NASA. Poco a poco, Sally se ganó el respeto de sus compañeros y a principios de los 80 todos daban por sentado que se convertiría en la segunda mujer en viajar al espacio, siguiendo la estela de la mítica Valentina Tereshkova.
Y sus compañeros acertaron, sólo que sería la tercera, no la segunda. La soviética Svetlana Savitskaya se le adelantó después de que las autoridades de la URSS decidieran neutralizar el posible éxito mediático de la primera mujer astronauta norteamericana. En cualquier caso, puede que nunca sepamos por qué George Abbey -el 'tirano de la NASA'- la seleccionó a ella y no a alguna de sus compañeras para ser la primera estadounidense en órbita. El 18 de junio de 1983 Sally Ride alcanzó el espacio a bordo del transbordador Challenger durante la misión STS-7 y de paso se hizo un hueco en la historia. Sólo tenía 32 años. Repetiría la hazaña un año después, cuando regresó a la órbita baja durante la STS-41G Challenger. En esta misión se convertiría en la primera mujer en operar el brazo robot del shuttle y además ayudó a su compañera Kathryn Sullivan a realizar el primer paseo espacial femenino estadounidense.
Sally no volvería al espacio. El accidente del Challenger de 1986 truncó muchos sueños y carreras, y obligó a muchos astronautas a replantearse su futuro. Nuestra heroína se convertiría en uno de los miembros claves de la Comisión Rogers que investigó las causas del desastre del Challenger, una comisión que destapó numerosos errores y miserias dentro del programa de transbordadores de la NASA. Sally no tuvo empacho alguno en airear los trapos sucios de la agencia espacial, pero su excesiva sinceridad le hizo ganarse un buen número de enemigos entre la burocracia de Houston.
En 1987 dejó la NASA para dedicarse al mundo académico, aunque se mantuvo vinculada de alguna forma u otra a la exploración del espacio y llevó a cabo innumerables iniciativas relacionadas con la divulgación científica, especialmente entre los más jóvenes. En 2009 sería uno de los ponentes más destacados de la Comisión Augustine, reunida con el objetivo de encontrar el rumbo perdido del programa espacial tripulado norteamericano.
Sally nunca estuvo a gusto con eso de ser un personaje famoso. No es que fuera una persona modesta, eso sería faltar a la verdad. Simplemente quería ser reconocida por su trabajo, nada más. Y sin embargo, aunque suene a tópico, inspiró a toda una generación de niñas estadounidenses a interesarse por la ciencia y el espacio. Cuando Sally entró en la NASA el sueño estaba vivo. Imposible era una palabra que no existía en el diccionario. El futuro sería maravilloso y la humanidad conquistaría el espacio en cuestión de años. Evidentemente, entre aquellos 35 TFNG se encontraba el próximo ser humano en pisar la Luna, o incluso el primero en caminar por la superficie de Marte. Treinta años después, una circunspecta Sally Ride se dirigía a la Comisión Augustine para comunicar lo evidente: con el presupuesto actual no se puede llevar a cabo un programa espacial tripulado fuera de la órbita baja. "Nos quedamos en casa, chicos". De repente, el futuro ya no era tan rutilante. Porque Sally siempre fue una tenaz defensora del programa espacial tripulado. En su opinión, el interés del público hacia el espacio nacía de la presencia humana. No puedes sentir empatía hacia una máquina, al menos, no como hacia una persona. Por supuesto, era partidaria de tener un robusto programa científico de naves automáticas, pero pronto se dio cuenta de que a los políticos esas eficientes sondas planetarias y esos maravillosos satélites astronómicos les interesaban aún menos que el programa tripulado, que ya es decir. Sin personas en el espacio, el castillo de arena de la exploración del cosmos puede venirse abajo más fácilmente de lo que la gente cree. Y mucho me temo que el tiempo le está dando la razón.
Como otros muchos soñadores antes que ella, Sally siempre estuvo segura de que el destino de nuestra especie era ir más lejos y más alto, allá donde ningún ser humano hubiese estado antes. Pero a diferencia de la mayoría de soñadores, ella estuvo en el grupo de los que realmente hacen realidad sus sueños. De esos que escriben la historia y nos demuestran a todos que lo imposible es posible.
El pasado 23 de julio, Sally nos dejó para siempre a la edad de 61 años por culpa de un cáncer de páncreas. Gracias por hacernos soñar, Sally.
Despegue de la STS-7 Challenger (NASA).



















































